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Los riesgos de masturbarse en el inicio de internet

Por Sam Briggs para Vice


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Yo soy un pajillero de los 90, lo que implica que los de mi generación nos la meneábamos en la época en la que nacía internet, lo cual tenía sus complicaciones. Nadie nos había enseñado las reglas. Estábamos ante todo un nuevo mundo.

PAJEROS-90S

Estoy harto de oír a tíos de treinta y tantos contar que, cuando eran jóvenes descubrieron un catálogo medio destrozado de lencería en algún descampado y que, entre sus 13 amigos, se lo iban pasando de mano en mano, que lo cuidaban como a un tesoro y, del uso, acabaron deteriorándolo hasta su práctica desintegración, y de cómo los chicos de hoy día, que han crecido con internet, no han vivido eso.
Puede que en eso tengan razón: actualmente, los chicos se pajean como locos contemplando la pantalla de algún dispositivo que tenga el prefijo “smart” delante de su nombre, y lo hacen más cómodamente de lo que sus antecesores jamás podrían imaginar. Pero yo soy un pajillero de los 90, lo que implica que los de mi generación nos la meneábamos en la época en la que nacía internet, lo cual tenía sus complicaciones. Nadie nos había enseñado las reglas. Estábamos ante todo un nuevo mundo. De noche nos acercábamos, sigilosos y temerosos al PC del salón y esperábamos pacientemente a que se cargara algún pedazo de carne con el que poder inspirarnos, dejando en el proceso nuestra huella digital por todas partes, cuenta Sam Briggs en un divertido artículo en Vice

Aún recuerdo aquella mítica primera paja. Había estado cargando un vídeo de 30 segundos en el que aparecían unas mujeres semidesnudas liándose. Mi madre estaba solo a unos metros, en la cocina. Era un asunto apresurado y nada romántico. Con un sonido parecido al que haría E.T. en una licuadora, emití un gemido incontenible y ultramundano, acompañado de seis cucharadas colmadas de euforia reprimida y unas sacudidas que me pareció que habían cambiado el curso de la historia. “¿Sammy, cariño?”, dijo mi madre. Respondí desde lo más profundo de mi aturdimiento posorgásmico, y así empezaba un nuevo juego del engaño.
Así nos pajeábamos en mi época, recuerda Sam Briggs. Como los ordenadores eran carísimos, solo había un único y sacrosanto punto de acceso para toda la familia, así que la tarea de sacar de allí un orgasmo se convertía en una operación delicada. La mayoría de estos actos de onanismo se producían al amparo de la noche.
Era la época de la conexión telefónica a la red. Como si fuera el perro de Pavlov, me ponía palote solo con oír el sonido de marcación por los altavoces, una ménage à trois robótico. Sí, eso es. Venga. Marca. Pero esos juegos preliminares se han perdido con el acceso instantáneo de la banda ancha de alta velocidad.
Burlar el control parental era cosa de niños. No había firewall que pudiera interponerse entre un chaval con el calentón y un pezón solitario. Yo solía utilizar un motor de búsqueda poco popular (gracias, lycos.com) para evitar que a mi madre le aparecieran sugerencias del estilo “tetas grandes tetas porno tetas gratis” cuando le preguntara a Jeeves, “¿Cómo se buscan fotos por internet, Jeeves?”. Ahora solo tienes que hacer las búsquedas en “modo incógnito” y problema solucionado. Demasiado fácil.
Luego estaba la desmoralizante labor de ir explorando con la mano izquierda todos los sitios de tías buenas en los que te vendían promesas vacías con llamativas tipografías. A veces, después de esperar toda una vida a que se cargara la página, mi excitación y mis esperanzas se desvanecían cuando aparecía una ventana solicitando los datos de mi tarjeta de crédito.
Chavales, esto era mucho antes de que existieran Youjizz o Redtube, con su infinita selección de obscenidades y todas las subcategorías que cualquier pervertido visionario pudiera desear. Ahora, la única complicación que presenta el porno por internet son los fastidiosos anuncios pop-up de Party Poker o la visión de alguna perversión demasiado extraña.
Por lo general, yo me conformaba con reproducir una y otra vez un vídeo de 20 segundos del tamaño de un sello de correos; o con un GIF pixelado de un par de tetas botando; o con una galería de fotos que se cargaban tan angustiosamente despacio que me daba la impresión de estar subiendo una persiana muy lentamente para poder verlas.
Una vez tenía el objetivo localizado y pañuelos de papel a mano, revisaba la estrategia de salida de emergencia con el rigor de un instructor de paracaidismo con trastorno obsesivo-compulsivo. Para ahorrarme unos segundos que podían ser cruciales, dejaba el cursor posado sobre la X de la esquina de la ventana. Luego cerraba la puerta de abajo, que hacía las veces de cable trampa y me concedía más tiempo. Si me atrevía con algo de volumen, me ponía un auricular en la oreja más lejana al lugar por donde podía aparecer alguno de mis progenitores. Se requiere mucha técnica para lograr que tu oído derecho esté alerta a cualquier sonido delatador mientras que el izquierdo se entrega a una retahíla de sobreactuados “¡OH, SÍ!”, “¡OH, SIGUE!” y “¡SÍ, DÁMELO!”.
Eran los días de transición, mucho antes de las velocidades en Mbps de dos dígitos. Internet se arrastraba como un náufrago hacia un espejismo. Mientras hacía clic con el ratón con los dedos húmedos, la pantalla decidía quedarse congelada en el enorme primer plano de una vagina. En esos momentos se me paraba el corazón y tenía alucinaciones acústicas: oía la voz de mi madre o los pasos de mi padre por el pasillo, mientras yo intentaba frenéticamente cerrar la ventana y volver a meterme la polla en los pantalones.
En aquella época, cada paja tenía que orquestarse con precisión y urgencia, como si se tratara de la fuga de una prisión. La generación de hoy pueden meneársela con total libertad viendo porno cómodamente desde sus smartphones, y la única ocasión en la que pueden sentir una brizna de ese antiguo pánico es cuando se escapa algún gemido orgásmico por los altavoces de sus dispositivos.
Entonces teníamos Limewire, un servicio de archivos compartidos que salió de la nada y cambió el panorama. La idea de disponer de un vídeo que pudieras ver en cualquier momento en que te viniera un calentón, sin esperas, parecía demasiado buena para ser cierta. Y en cierto modo, lo era: en una época en la que la velocidad de la conexión iba a la velocidad de los glaciares, la descarga de un vídeo de cuatro minutos podía tardar horas, que yo pasaba arrebujado en la silla giratoria, como una madre oca protectora tratando de ahuyentar a posibles depredadores.
Aparte del tiempo de espera, Limewire era un campo de minas masturbatorio. Dos vídeos con el mismo nombre podían contener desde escenas parecidas a las de un vídeo de baladas de los 80 hasta imágenes de amputados y muletas haciendo cosas que afortunadamente he logrado olvidar. La gente critica mucho la mala influencia que puede representar el fácil acceso a todo tipo de porno, pero al menos los chavales de ahora pueden escoger y no están atrapados en una peligrosa ruleta rusa erótica en la que ya han invertido dos horas largas.
Bueno, al parecer he acabado haciendo exactamente lo mismo que esos tíos que recordaban casi con cariño el catálogo de lencería que compartían entre todos. Seguro que en la década de 1800, antes de la existencia de la fotografía, también tenían historias que contar sobre cómo se la cascaban. “No tenéis ni idea de lo que era. En aquella época me pajeaba con dibujos que tenía que hacer yo mismo”. Mi más sincero pésame a la generación venidera, que se harán un cinco a uno con un visor de realidad virtual enganchado en la cabeza.
En cualquier caso, este artículo merece completarse con una paja en la intimidad de mi cama, con mi portátil y con vídeos porno seleccionados según mi estado de ánimo. Quizá me relaje y recuerde la cadencia del sonido de marcación, con la esperanza de que despierte en mí esa excitación de antaño.