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Diez patéticos síntomas de los facebookhólicos


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Es cierto, siempre que me decido a escribir sobre papá Facebook, el pobre no sale bien librado. A no ser que sea porque juntó a un hijo y a su madre después de 50 años, gracias a él encontraron a un perrito desaparecido o alguien supo de un viejo amigo al que daba por perdido. Por lo demás, francamente, qué cantidad de problemas nos ha ocasionado Facebook. Y más a los facebookhólicos, señala la especialista mexicana Camila Gonzalez.
FACEBOOKEROS

En este punto lo grave es que los adictos a la red o redes (a saber la vida de los demás y a exponer la nuestra como si fuera distinta o mejor a la de los otros) son muchísimos más de 15 por ciento, que es la proporción de alcohólicos entre la población adulta mexicana. Muchos dirán que estoy comparando piñas con aguacates, y la verdad es que los estragos de relacionarnos “todo el tiempo” a través de teclados los revelará el tiempo. El tiempo dirá. Yo sólo especulo. Y me encanta.

Por ahora, como se trata de que nos alarmemos, un poco, les comparto los resultados de un estudio reciente que hizo Groupon en España. Nueve de cada diez internautas españoles tiene al menos una red social y 70 por ciento tiene perfil en mínimo tres plataformas. Además, 43 por ciento de los usuarios acepta que entra a curiosear los muros de los demás.

Me puse entonces en la tarea de identificar diez síntomas de la terrible enfermedad que nos aqueja:
1. Estamos aferrados a la inmediatez. Todo ya. No existe ya el compás de espera, que le daba onda a algunas noticias o mensajes. Ya no tenemos tiempos muertos, para pensar en las hojas de los árboles.

2. La conexión es casi el aire. Siempre estamos en línea, quizás unos pocos se desconectan para ir al baño, supongo. Pero lo grave es la sensación de angustia existencial que nos aqueja cuando se va a acabar la batería del celular, como si quedáramos desprotegidos…

3. Tenemos voyeurismo enfermizo de ver lo felices que son los otros, lo rico que comen, lo mucho que viajan, sus fiestas, sus propiedades, sus amores y desamores, perdón, no, los desamores y sufrimientos no clasifican en la vida facebookera.

4. Nos afanamos por elegir qué poner en nuestros muros. Es todo un estrés encontrar qué fotos o muestras de ese 3 por ciento de felicidad que existe en la vida. Urge poner algo que saque a flote nuestro ego.

5. Se nos desgasta la yema del dedo al entrar por entrar, cada tantos minutos, para ver si nos escribieron, como también sucede en whatsapp. La idea es que las redes nos aseguren que alguien nos quiere, nos piensa, nos cuida, sino, estamos perdidos. Es como estar abriendo el buzón de correo de la casa desesperadamente cada diez minutos.

6. Siempre estar pendientes de poner like a lo que otros postean, casi a lo que sea. Es la nueva, no sé si efectiva, manera de agradar, de crear relaciones (no se crea ninguna) y hasta de coquetear. Mucha gente pone “me gusta” por oficio, a todo lo que va encontrando a su paso.

7. Un síntoma de los más tristes es el de tomarle foto a la playa o al atardecer o a la lagartija que acaba de aparecer en el lugar menos pensado, y postear la foto, antes incluso de observar la escena. Es decir, primero la foto para Papá Facebook y luego nuestro disfrute y vivencia de la misma. Además, cuando la vayamos a ver, la lagartija quizás ya esté lejos.

8. La insaciable necesidad de reportarnos, registrarnos, decir donde estamos, lo guapos que somos, lo mucho que nos la gozamos. Dime de qué haces alarde y te diré de qué careces. ¿Es una carrera? ¿Por el más guapo, exitoso, acompañado, rodeado, rico, interesante, feliz? No es cierto, todos la luchamos por ser felices. Cada cual tiene su batalla.

9. Todo lo que aparece en Facebook lo tomamos como la verdad absoluta y lo compartimos, sin siquiera cuestionarnos.

10. Y la que más me duele: estar abstraídos del momento presente y de la conversación o el instante en el que nos encontramos en la vida real por estar inmersos en las pantallas, donde lo único cierto es que no nos vamos a encontrar a nosotros mismos.

Y lo más grave, que se nos vaya la vida en eso. Pero siempre tener excusas para no meditar, leer (cosas de verdad, me refiero a los clásicos de la literatura por ejemplo), hacer ejercicio o visitar a alguien solamente para decirle que lo queremos.

¿Vale la pena perder el tiempo así?
¿Poner un like o un emoticón vale por ir a dar un abrazo de verdad? Siempre hay más de un amigo al que le devolveríamos la fe en la vida con un abrazo. O al revés, a quien le urge el abrazo es a nosotros, nos reivindicaría con esta vida.